sábado, 5 de febrero de 2011

Hoy decidí cambiar mi vida

Hoy decidí cambiar mi vida (y el rumbo que estaba tomando). Prepárense, esto puede cambiar la suya.

Era un viernes en la noche. Verano, yo estaba de vacaciones. Tenía 19 años, plena juventud. Así que estaba en mi casa. Haciendo nada. Como por el cuarto día consecutivo. No realmente porque sea una persona amargada que no tiene amigos (o al menos de eso me intento convencer cada noche), sino porque estaba en un período apático o me creía crisálida o algo así. La cosa es que no quería hacer nada, y “nada”, en este caso, incluía dormir. Así que me quedaba despierto hasta bastante tarde, cosa que llevaba días haciendo y había alterado todo mi ciclo del sueño o como se llame y eso es poco saludable, etc. 

Como decía, me acostaba de madrugada y me despertaba entrada la tarde. Los desayunos pasaban a ser vagos recuerdos de una época más activa. A mi casa va una nana unos dos días a la semana por las mañanas. Lleva viniendo meses y hasta el día de hoy no la he visto. Era grave.

Yo digo que era el aburrimiento, pero, si soy sincero, admito que era mi desorden obsesivo-compulsivo el que generaba extraños pasatiempos para mantenerme (levemente) ocupado. Llegué a contar la cantidad de agua que tomaba en el día – 7 litros, todo un ejemplo de buena salud - y la cantidad de veces que iba al baño – muchas, quizás había relación con lo anterior -, entre otros.

El punto es que estaba aburrido. Y no quería hacer nada para solucionarlo. Así que para mantenerme ocupado, comía. El que nunca ha comido de aburrido me puede sermonear y decir que eso es malo y contar calorías, pero, como esa persona no existe, no me pueden decir nada. Ya. Estaba comiendo. Y, de repente, por ese tipo de cosas que atribuimos a la magia o Dios o a algo llamado voluntad, dejé de comer. No tenía hambre así que dejé de comer. Era algo nuevo (me asustaba), pero lo que no sabía era que con eso empezaba una nueva etapa en mi vida de adolescente, hasta ese momento, inerte.

Si podía dejar de comer, podía hacer cualquier cosa. Podía –exhalación profunda- ¡salir de la casa! Podía- exhalación profunda aún más audible- ¡hacer algo productivo! No sabía bien lo que había iniciado, pero quería descubrirlo. Debían ser alrededor de las 4 de la mañana, así que, en vez de acostarme y despertar a las 4 de la tarde para repetir la rutina y profundizar mi depresión, decidí pasar de largo. Mi idea era quedarme despierto y luego, cansado, irme a dormir a una hora racional para poder despertarme a otra hora racional y ser una persona más íntegra. No se preocupen, lo había hecho antes así que sabía que no corría ninguna clase de peligro o riesgo permanente. Sobreviviría y mi vida cambiaría. Oh, sí.

Aprovechando el adrenalínico sentimiento de que podía hacer lo que fuera, decidí salir a trotar. Esperé a que fuera una hora normal para hacerlo (lo que no fue difícil porque el tiempo pasa más rápido en la madrugada que en la tarde. Está científicamente comprobado. Y si no lo está, debería, porque juro que es verdad) y salí.

Decidí hacer un recorrido que a los 15 años hacía casi cagao de la risa, como si fuera a comprar pan y volver. Pero no tomé en cuenta que mi estado físico ha ido en una decadencia casi deliberada desde que tenía 15 y no podía trotar 5 minutos seguidos. Menos las 48 cuadras que había empezado a recorrer. “no importa” – me dije- “puedes lograrlo. Hoy puedes lograrlo todo.” Y, convencido, seguí adelante. Y en serio podía lograrlo todo. Volar hubiera sido super fácil de hacer si hubiera querido (pero no quería, en ese momento estaba concentrado en avanzar vía tierra).

Lo choro de que uno haga algo productivo, es que hace que dicho uno se sienta bien (duh). No solo físicamente, pero también mental, emocional, aural, de todo. Porque se supone que cuando hacemos ejercicio liberamos una cosa que hace que seamos un poco más felices. Es como una droga, pero legal y gratis.

Ahí estaba yo, agonizando un poco (de cuerpo, no de espíritu) antes de la doceava cuadra, pero seguía resistiendo. Vi pasar a un individuo trotando y formamos un vínculo de esos que se forman entre personas atléticas. Sí, yo también troto. También soy sano. Buena suerte en tu camino. A veces caminaba, no mentiré. Pero no hice nada de ejercicio durante todo el año pasado, así que tengo excusa. En serio, el mayor esfuerzo que hacía era subir los cuatro pisos de la pensión para llegar a mi pieza o ir a cierto bar que quedaba a unas diez cuadras de donde vivía (ambos valían el esfuerzo, especialmente lo primero si venía de hacer lo segundo).

Un niño me miró mientras trotaba. Quería ser como yo. Lo noté en sus ojos. Simplemente supe que ese niño quería crecer y trotar por el mundo, todo gracias a mí. Ahora que me había convertido en una fuente de inspiración, decidí hacerlo bien. Troté por lugares iluminados, transitados, por calles llenas, hice que los autos frenaran para verme pasar. Sé que cada una de las personas que me vio llegará a su casa a ponerse un buzo y saldrá a la calle a ejercitarse.

Ah, endorfinas. Así se llaman las cosas. Me permitieron seguir el recorrido, cansado pero determinado a terminarlo. Corría cuando la canción que iba escuchando me indicaba que debía hacerlo, aminoraba la marcha cuando venía la parte lenta. Avanzaba y avanzaba y estaba cada vez más cerca de terminar el circuito y llegar al punto de partida.

La divisé. Mi casa. Faltaba tan poco para llegar. Casi había terminado de dar la vuelta. Debían faltar unas 5 cuadras. Me felicité por lo lejos que había llegado, pero traté de no enorgullecerme mucho porque aún no había terminado.

Quizás parece como que estuviera aumentando la tensión porque va a pasar algo emocionante o atípico. No es el caso. Así que quizás debería terminar la parte del trote – se está volviendo tan cansadora como el hecho en sí -y seguir adelante, a más hechos irrelevantes.

Cuando volví a la casa, me abrió mi mamá. Estoy seguro de que notaba el cambio en mí, pero  lo ignoró y empezó a hablarme de esas cosas de las que hablan las mamás cuando juran que estamos escuchando. Así siguió un rato. Habló de mi hermana, de buscar pensiones, de Egipto, de lo inteligente que yo solía ser – gracias, mamá-, del vecino, de la música a todo shansho del vecino, del perro del vecino que no para de llorar, pobrecito, de la universidad y luego se las arregló para terminar con la típica sensiblería de que “qué rápido crecen los hijos” (no sé como lo hacen, pero todas las conversaciones con las mamás terminan en eso).

Cuando terminó el diálogo monólogo, decidí aprovechar que estaba entero ‘e sopiao por el maratón e ir a tomar sol. Porque entre yacer inmóvil haciendo nada y yacer inmóvil haciendo nada mientras me quemo – para engañar a la gente y dar la falsa ilusión de que en mis vacaciones estuve en algún lugar cul como la playa –prefería lo segundo. Así que me fui a tirar al sol, impresionado de usar las mismas cosas que usé para trotar: gafas, música, agua, mi ser; y todo con el mismo fin: sudar y esperar algún cambio positivo en mi cuerpo (o alma, si tenía suerte).

Sin embargo, al rato me di cuenta de algo que mi antiguo yo hubiera previsto de inmediato: es aburridísimo yacer sin hacer nada, no importa cuánto me esté quemando y qué tan sexy me vea moreno. No tiene ninguna gracia.

Volví a entrar. ¿Qué hacía ahora? Las posibilidades eran ilimitadas. No había nada que no pudiera hacer. Así que me fui a escribir lo que me había pasado hasta ahora (sí, ahora que lo pienso no fue lo más creativo que se me pudo haber ocurrido, pero bueh), para capturar un momento tan trascendental en mi vida por siempre.

Y así que en eso estoy. Sí, así terminó. No, no pasó nada importante. Nada extraño. Nada diferente (lo diferente está adentro). ¿Qué pasará ahora? Nadie puede decirlo con seguridad. Solo sé que será ósom.*


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(Todo lo que viene a continuación fue escrito bajo el ingenuo supuesto de que hay alguien leyendo esto)

Ahora, si fue un lector fiel, con un alto nivel de atención y me ha seguido hasta esta parte, lo felicito: es usted una persona tan ociosa como yo. O más bien como yo ERA, antes de mi transformación. Aún así gracias por tomarse el tiempo, sé que no fue fácil. Es penoso ver a alguien que no es tan inteligente como cree tratar de ser chistoso.

De todas formas, mi nuevo optimismo me ha otorgado una ajena seguridad en mí mismo que sirve como barrera a cualquier burla, risa, insulto o forma de depreciación. Así que no se preocupe, estoy protegido.

Si, por alguna casualidad, usted encontró esto divertido, disfrutó leyendo, se inspiró o hasta lloró, entonces lo siento. Le tengo que pedir que cierre la ventana y se vaya. Usted no pertenece a la demográfica a la que estoy apuntando. Estoy buscando a gente más… difícil de complacer. Vuelva cuando yo sea más ingenioso, chistoso o cuando sea tan famoso que sea difícil ignorarme.

Si usted encontró un significado oculto y profundo en lo que escribí – por ejemplo, el cómo las cosas pequeñas pueden ocasionar cambios substanciales en las personas si éstas tienen la predisposición adecuada y chamullos varios – digamos que ésa fue mi intención desde el principio y que me alegro de que alguien lo entendiera.

* lo más probable estoy seguro de que esto es solo una etapa y que mi optimismo actual no durará y será reemplazado por mi siempre presente “negativismo”, pero al menos puedo decir que fue bueno mientras duró.